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Transmutación - Sada a vuelo de ave | Transmutación - Sada a vuelo de ave |
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Foto: Archivo (Playa de las Delicias) Por José Javier García Pena desde Uruguay
Hoy Montevideo está gris. Llovizna. Terminó la Semana Santa. Desde mi ventana humedecida veo la cúpula, el campanario y, sobre él, la cruz de hierro de la iglesia de San Agustín y La Medalla Milagrosa. Sobre uno de los brazos de esa cruz se acaba de posar una paloma que , ante mis ojos alucinados, se transmuta en una estridente gaviota posada, ahora, sobre la melena de una de las campanas del campanario metálico de la iglesia de San Roque, en la villa de Sada. Amanece. Es verano. En la plaza contigua sólo el agua de la pétrea fuente custodiada por su cruz centenaria, susurra y suspira al lanzarse loca y despeñarse contra la musgosa cantería. En el campanario el badajo pone a rodar la vida. La gaviota, sorprendida, alza el salvador vuelo instintivo con dirección a Gandarío y observa el despertar del pueblecito que despereza su cara en las frescas aguas de la ría. De los cercanos campos labrantíos se oye el agaitado lloro de las carretas de bueyes, que llevan a la plaza cargas de “grelos y patacas”, “mainzo e millo”. De todos los puntos cardinales confluyen los abastecedores a la plaza: vienen de Souto, de Ouces, de Carnoedo, de Meirás. Lecheras de negra pañoleta, negros vestidos. El “zoqueiro”, que, artífice primitivo, domina el prodigio de hacer caminar a los árboles. Curiosamente sus propias manos parecen talladas, también, en madera. Las voces se alzan pregonando cada cual las virtudes de sus productos. La gaviota sigue su vuelo por sobre las “Brañas” , por sobre el río de Sada ,por encima del lavadero, por sobre los niños con “calderetas” que van a comprar la leche, por sobre las muchachas tempranas , en su primer ida a la fuente, que multiplican su estatura portando , sobre sus cabezas , ese cántaro único , la “sella”. Sin par en todo el mundo conocido, con su dura madera y broncíneos aros dorados, que compiten con el oro en brillo propio. El porte erguido de sus cuerpos, obligados a un equilibrio inexcusable, sumado al fulgor de las doradas duelas del cónico recipiente, crearían, en un observador circunstancial, la ilusión de un desfile de altas damas tocadas de descomunales y áureas coronas, en vez de mozas garridas. Algún “neno” tironea, impaciente, la mano de su madre que, ya repleta su sella con el agua clarísima, permanece interminable lapso “falando “con su comadre cruzada en el camino de regreso, ocasión que por nada del mundo perderían para comunicarse las mutuas novedades. Actitud que se le antoja insufrible al infante y que lo manifiesta con compulsivos tirones, ahora, a la falda materna. Las dos mujeres podrían pasar horas de ese modo, “fala que te fala “, con los brazos en jarras, indiferentes al paso del tiempo y al bestial peso del leñoso cántaro. Al fin el niño aplica la estrategia adecuada –“Mamá, me duele la barriga.-“ El ave corta el aire y se posa, entonces, en “la Barrosa”. Olfatea el rastro de los pescadores que, hace horas ya, cargaron sus garrafones y lavaron sus curtidas caras en el cristal de agua que llega a su cuenco granítico desde el manantial de “Sadadarriba”. Pero un olor más intenso requiere su atención: sobre el muelle, construido con el mismo granito rojo de “La Barrosa”, unos pescadores están poniendo a secar el bacalao como un artista expondría su arte: una línea amarillenta recorre a Sada desde el “Cargadoiro “a La Terraza. Días enteros permanece el preciado pescado abierto en canal y sin cabeza, hasta que el sol y la sal hagan su efecto. Un signo de los tiempos: nadie osará tocar uno sólo de los cientos de esos trofeos dorados. · La propiedad privada es, aún, un bien sagrado. Es domingo, Por eso no se oye el zumbido monótono del motor del molino vecino a la también silente fábrica de gaseosas de Don Manolo Rey, que, en los días laborales se diría que encierra tras sus muros una tribu de duendes escandalosos, a juzgar por el, estrépito de vidrios rotos y el choque de envases vacíos. La gaviota hace un vuelo sesgado y su ojo derecho de ave cazadora ve, a través de una rendija en la puerta del molino, el motor y las correas laxas, blanquecinas de harina, en reparador descanso para jadear mañana, cuando la ávida boca de la vieja tolva de madera, pulida y lustrosa como nácar amarillento, de tanta semilla tragada, exija el grano que las muelas harán harina, recogida en sacos blancos. El finísimo olfato del ave percibe el aroma del trigo inmolado y vuela, planeando sobre la ría, hacia la elevada farola de “La Pulgueira”. Su refinado instinto le dice que ha llegado la hora. Son tres señales: un brillo tornasolado en la lejanía, un no sé qué de cuerno celta de guerra, por último el delirio de sus desvelos: montañas de móviles y olorosas sardinas. La tempranera flota va llegando al puerto. Y entonces sí: el maremagnun, el panmdemonium gavioteril; son miles de plumas y picos abiertos, de tensas patas en posición de aterrizaje frustrado, una tormenta de aleteos, ora frenéticos, ora suspensos; rayos y truenos de mil gaznates en monumental coro, increíblemente metálico y desafinado. Suman sus voces a esta barahúnda primitiva el regateo de compradores y revendedoras , de marineros descargando sus navíos , tratando de evitar que las aves ladronas se alcen con una presa valiosa. Nuestra alada protagonista ha logrado un cangrejo; magro botín desdeñado por el hombre, ante tanta abundancia de aceradas sardinas. Aún así debe defenderlo de sus voraces congéneres y, en un rapto de osadía, atenazando con el pico a su presa blindada, vuela victoriosa al castillo de Fontán. Ya sobre las ruinas multicentenarias mira, con gesto desafiante al entorno, mientras, con actitud aquilina, oprime al crustáceo con una de sus patas. Lo remata y engulle. Ahora, ya satisfecha, observa. Ve otras hermanas en la playa de Fontán y se suma a ellas; la mar la arrulla, queda adormecida en la suavidad y calidez de la cala .El letargo la invade. El día avanza. Un son de gaitas rasga el aire. Nuestra emplumada amiga eleva su vuelo nuevamente a las ruinas de castillo. Observa. Todo está igual. Su visión penetrante recorre la ría : el aserradero callado de Miño ,el gris arco del puente del Pedrido, Gandarío el verde , el tranvía frente a La Terraza , listo a partir para La Coruña. El coche de Pita, algunos barcos, ya limpios, en Sada. Todo igual. Sin embargo, aquel gemido de gaitas, ¿qué sería? Y ahora,…. ¿qué escuchaba? Miró hacia la Rambla del Caudillo. Ahí sí notó cambio: muchedumbre vestida de domingo. Horas antes allí hervía la honradez del trabajo. Ahora lucían gallardetes en los palos de los navíos limpios; banderas, pendones, gentes almidonadas, unos pocos señores de riguroso frac. Frente al Ayuntamiento se apiñaban los gaiteros y la banda de música. Sin girar la cabeza, la gaviota, ahora, con su ojo izquierdo miró a la mar. Lo que vio la dejó perpleja. Era un ave joven, tal vez de un año, quizás de dos. Nunca antes había visto una nave como aquella, tan grande, tan blanca, con tantos ojos de buey. ¿Qué sería aquella especie de apéndice en la popa, que brillaba extrañamente? Le recordaba, vagamente, las cañas de pescar de los niños de la villa, pero era infinitamente más larga. De la multitud, abigarrada y congregada, salían algunos asordinados clamores que nada le decían:-El Azor, el Azor-. Oyó palabras nuevas, sin sentido para ella: - Franco, caudillo, moros- Y, ya casi en un susurro:-Atentado, escolta, Pazo de Meirás-. Miró el rostro de los concurrentes: sonrientes, tensos, alegres, asombrados, rencorosos, esperanzados, expectantes, maldicientes, inocentes, muchos inocentes. Ni uno solo indiferente. A lo largo de toda la costa de Sada se prolongaba el estrecho corredor humano, controlado por la Guardia Civil, dispuesta a trechos regulares; el teniente Moldes impartía órdenes tajantes a sus hombres. Desde la escollera partió la caravana encabezada por la temida escolta de moros en sus poderosas motos protegiendo, a prudente distancia, al vehículo oscuro y cortinado, portador del enigmático personaje. La cortinilla del lado derecho trasero por momentos se descorría casi imperceptiblemente, para dejar ver un rostro adusto y blanco. La multitud coreaba: - ¡Fran-có, Fran –có, Fran-có!-. La comitiva, como una enorme boa, circulaba contorneando la geografía sadense y ya se acercaba al “Cargadoiro” entre el agitar de banderas y el grito cada vez más frenético y ronco de-¡Fran-có, Fran-có-Fran-có-! La gaviota, atraída por la novedad, no quiso perderse detalle y, en cortante vuelo cruzó Fontán, pasó por la fábrica de Xefa, rozó los manzanos de Las Figueiras, miró de reojo al cementerio, planeó sobre la Escuela “Laica” y fue a posarse sobre la iglesia de Sadadarriba. Desde allí contempló el desplazamiento de la severa procesión, El frenesí de la muchedumbre iba en aumento. Las rojas borlas de los fez en las cabezas de los moros motorizados giraban al capricho del aire en movimiento y el coro de: ¡- Fran-có, Fran-có- Fran-có!- ,repitió su eco en las paredes del Frente de Juventudes. En la negra y brillante carrocería del coche del Caudillo se reflejaba, como en un espejo acharolado, el entorno cambiante de rostros torvos o delirantes. Entre el ensordecedor bramido del gentío ni un solo cohete o petardo se escuchaba: estaban prohibidísimos para la ocasión. Se confundirían fácilmente con disparos de armas de fuego. Por otro lado serían innecesarios: tal era el batifondo y bullicio producido por miles de pechos vociferando: ¡Fran-có, Fran-có, Fran-có, Fran-có!- Entonces, al pasar por La Tenencia, se produjo, repentinamente, el más pavoroso silencio que se recuerde en la comarca. El feroz grito de: Fran-có, Fran-có, Fran-có, Fran-có-Fran-có -¡exhalado por mil gargantas enronquecidas se estranguló súbitamente!. - Fran. - Se detuvo el pulso. Los pelos se erizaron. Al igual que el mar en Malasia se retira de la costa sigilosamente, dejando tras de sí un abominable silencio para luego descargar sobre las costas malayas toda su furia concentrada, así fue la reacción del pueblo congregado. Las mismas mil bocas aullaron:”¨ ¡-¨Que lo matan, que horror!- Padre nuestro que estas en los cielos… era el responso anticipado por el alma de un inocente que tuvo la infeliz ocurrencia de cruzar frente a los aguerridos moros. La gaviota huyó hacia Souto mirando con su ojo izquierdo enloquecido, cómo la solemne comitiva, que jamás detenía su marcha por temor a un atentado, se acercaba inexorablemente a destrozar al incauto párvulo rubio. Por huir tan precipitadamente, la gaviota no alcanzó a ver que el poderoso cortejo clavó frenos. La cortinilla derecha trasera del custodiado automóvil se descorrió completamente, dejando ver a su aclamado ocupante No puedo jurar que haya sonreído. Tal vez me lo impidieron ver con nitidez los focos intermitentes de las motos, más altos que mis cuatro años. Tal vez el sacudón materno. No lo sé. Pero doy fe de la veracidad del hecho. Yo fui ese párvulo rubio.
O Lameiro
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